PRAGMÁTICA Y SOCIOSEMIÓTICA
PRAGMÁTICA Y SOCIOSEMIÓTICA
Llegados a este punto, quizás sea útil distinguir la perspectiva que inspira estas reflexiones de los estudios que en estos últimos años se han desarrollado bajo el nombre de “pragmática”. Es necesario recordar, en principio, que la re–aparición del término tal como se ha producido recientemente en Francia (6) constituye el último empleo de una serie diversificada de usos. Si en algunos de ellos la problemática que recubre el término no ha tenido casi relación con el desarrollo de la lingüística (como, por ej. dentro de la tradición de la “teoría de la comunicación humana” en los EE.UU. (7) o en el contexto de la teoría de la “escuela de Palo Alto”, cuya fuente de inspiración son los trabajos de G. Bateson (8), en otros casos, entre los que se encuentra el de Francia, la “pragmática” puede ser considerada, por el contrario, como una suerte de “lingüística ampliada”. (Es ésta, además, la primera vocación del término, tercer constituyente de un tríptico, cuyas dos primeras partes (la sintáctica y la semántica) además de ser reivindicadas (asumidas) por los lógicos, lo fueron también, y con mucha frecuencia, por los propios lingüistas).
Trataremos ahora de enumerar las principales diferencias entre lo que llamo en este trabajo una “teoría de los discursos sociales” o sociosemiótica y la pragmática entendida como “lingüística ampliada”.
La primera diferencia es trivial. Nacida de una investigación de origen lingüístico, es de esta materia de la única que se ocupa la pragmática focalizada en los “actos de lenguaje”: es evidente que los problemas de la enunciación en la imagen audiovisual, por ej., no le conciernen, lo que, desde ya, no puede reprochársele. La sociosemiótica, por el contrario, en la medida en que encuentra su punto de partida en los discursos sociales tal como se dan en la experiencia, está obligada a enfrentar el hecho de que aquéllos son siempre “paquetes” constituidos por materias significantes heterogéneas. Desde este punto de vista, la sociosemiótica se acerca más a la pragmática estadounidense, dado que ella desde hace tiempo se ha interesado por los problemas que las materias translingüísticas plantean: los factores paralingüísticos en el habla (acento, entonación, énfasis, etc.) como asimismo los fenómenos de la gestualidad (en la proxémica y la kinésica, por ejemplo) fueron asociados y considerados como objetos de estudio dentro de una concepción anglosajona de la “pragmática de la comunicación”. (9)
Las diferencias significativas entre la sociosemiótica y la pragmática de los “actos de lenguaje” tienen que ver con el modo de abordar el dominio de estudio que les es común: la materia lingüística.
La pragmática trabaja (como lo han hecho siempre los lingüistas) sobre enunciados o sobre frases que son ejemplos imaginarios, es decir, que ha sido el investigador el que, poniendo en ejercicio su propia competencia lingüística, los ha producido. Esos enunciados o esas frases están, por consiguiente, y por definición, desligados de los contextos discursivos y situacional reales (atestiguados). La resultante de ese modo de trabajo ha sido la reproducción, en el interior de la pragmática, de un fenómeno bien conocido y ampliamente observado en lingüística: para cada ejemplo, del que el análisis quiere mostrar el carácter improbable o “desviante” de su empleo en tales o cuales circunstancias (y los ejemplos de este tipo constituyen siempre, de manera explícita o implícita, un aspecto importante de las demostraciones pragmáticas), se puede imaginar una situación (o un contexto discursivo) en el que dicho empleo deviene posible. La problemática del análisis de los discursos es, por supuesto, extraña a la cuestión de la aceptabilidad, la improbabilidad o la rareza de una expresión, de un enunciado, de una frase, o de un intercambio conversacional: el análisis de los discursos sociales no se plantea esta cuestión porque parte de “corpus” efectivamente atestiguados. El objeto de la socio semiótica es dar cuenta de las condiciones de producción (o de reconocimiento) de esos discursos y no el de aplicarles un criterio, cualquiera sea éste, de “normalidad” de empleo. A veces, la pragmática lingüística apela también a fragmentos textuales atestiguados, pero este hecho parece no repercutir sobre las investigaciones que se llevan a cabo: el análisis es indiferente a la naturaleza del texto del cual se ha tomado el fragmento, y el ejemplo atestiguado cumple la misma función que los imaginados, a saber: ilustrar los mecanismos pragmáticos independientemente de los contextos discursivos, de los tipos de discurso y de cualquier otra consideración “externa”. Dicho de otra manera: el discurso efectivamente producido sólo es abordado como lugar de manifestación de la pragmática de la lengua en la que está escrito.
La pragmática lingüística, que siente cada vez más interés por la enunciación, formula hipótesis sobre las situaciones enunciativas que pueden corresponder a tal o cual empleo de los fragmentos que analiza. En tal sentido puede afirmarse, sin ninguna duda, que desborda la problemática de la que la lingüística clásica se ocupa. Pero, así como ésta última imaginaba sus frases, el pragmático imagina sus fragmentos y también las situaciones (o el contexto discursivo inmediato, por ej.: pregunta/respuesta) en las cuales aquéllos pueden, razonablemente, funcionar.
Para encuadrar sus fragmentos, esta pragmática tiende, por una parte, a imaginar situaciones de enunciación cada vez más complejas (aunque no, por cierto, menos arbitrarias) y, por otra, a introducir un conjunto de reglas y principios sociales cuyo estatuto, origen y validez permanecen inciertos.
Es, por llamarlo de algún modo, su política de añadidos (consecuencia de haber constituido su estatuto en base a la ampliación de una problemática inicialmente sintáctico–semántica), lo que de manera más acabada permite efectuar una distinción entre pragmática lingüística y análisis de los discursos sociales. Aquélla postula la existencia de una significación primera (significación “literal” que resulta de un primer acto “locutorio” o “proposicional”) a la cual vienen a agregársele otros sentidos que aparecen como niveles adicionales. El movimiento conceptual de la pragmática lingüística opera, así, según una línea de fuga que, a partir de la “significación literal” va hacia otros sentidos, hacia otros niveles de funcionamiento (hacia lo implícito, hacia los actos que se hacen al producir tal o cual enunciado, etc.). (10) El movimiento que realiza la sociosemiótica es exactamente el inverso. Parte de discursos sociales (discurso político, publicitario, informativo, literario, conversaciones producidas en contextos cotidianos o institucionales determinados, etc.); y trata de comprender sus propiedades y sus modos de funcionamiento en el seno de una sociedad dada, considerando que su estatuto de objetos sociales sobredetermina los otros niveles de sentido. Si, para tomar impulso teórico, la pragmática parte de una significación literal que va a sobrepasar, para la sociosemiótica las “significaciones literales” son el resultado (el residuo, podría decirse) de un enorme dispositivo social: la “significación” literal es ese sentido que permanece cuando los demás aspectos del funcionamiento del discurso se han logrado neutralizar. El pragmático comprueba que “a través de un enunciado, solemos comunicar otra cosa de la que aquél literalmente significa” y se interroga entonces acerca de “cómo llegamos a hacer eso”. La sociosemiótica supone que producir un otro sentido del que se significa literalmente es el estado natural, si se puede decir, de la discursividad social, y que un enunciado que sólo significa su sentido literal es, muy probablemente, un objeto que sólo existe en condiciones excepcionales, condiciones que, a su vez, son, ellas también, sociales. Tomemos el caso de los enunciados con función asertiva explícita: es en virtud de un contrato social extremadamente complejo que puede lograrse que un enunciado sólo denote. Y esto es casi siempre más un deseo a cumplir que una realidad consumada. Las instituciones que se especializan en la tarea de controlar los otros sentidos, aquéllos que no son el de la denotación, son las llamadas instituciones científicas y, en la medida en que ellas producen discursos y no enunciados, su tarea es muy difícil. Quizás sean los lingüistas los únicos que logran producir “significaciones literales”; en efecto, el suyo es, entre los discursos sociales conocidos, el único en el que se encuentran enunciados fuera de contexto.
La mayoría de los investigadores que se interesan por el estudio de los fenómenos discursivos acuerdan, hoy por hoy, en que el discurso no es ni una suma de frases ni es tampoco reductible al mecanismo recursivo de la puesta en secuencia de enunciados. La sociosemiótica supone que el mismo principio vale para el plano de la enunciación: los discursos sociales no son una suma de “actos de lenguaje”.











