EL ANÁLISIS SINCRÓNICO
EL ANÁLISIS SINCRÓNICO.
En un enfoque sincrónico relativo a un “sistema productivo” que posee todas las características de un mercado de consumo de “bienes culturales”, como se dice (para el caso, los discursos de la prensa escrita), las cosas se presentan de una forma muy diferente. Antes que nada, debemos enfrentarnos con los fenómenos de reconocimiento que no son, efectivamente, ni del orden de la recuperación inter-textual productiva, ni del orden de un consumo dominado por lo imaginario de la “creación” como es el caso de la literatura, pero que implican, por el contrario, un horizonte de expectativas de consumo del orden de la repetición. El lector “fiel” a un título de prensa lo es porque sabe precisamente de antemano qué tipo de discurso va a encontrar. Al mismo tiempo, en el caso de la prensa, con relación a un discurso ‘X’ cuyo reconocimiento nos interesa, no poseemos un discurso ‘Y’ de status comparable del cual podamos decir que “contiene” el reconocimiento de ‘X’.
Ya lo hemos dicho: el único indicador del reconocimiento del cual disponemos, contenido en el sistema productivo mismo, es la preferencia, expresada por las conductas de compra (y de no compra). Así pues, esta preferencia es una primera referencia de una gran importancia. Cuando trabajamos dentro de una “zona de competencia directa”, las selecciones expresadas por estas preferencias remiten a las variaciones dentro de las estrategias enunciativas: tenemos de esa manera una fuerte asociación entre las conductas (mesurables) y las propiedades discursivas específicas. El análisis en producción, encargado de desprender las invariables discursivas asociadas a cada título, define así el cuadro dentro del cual nos interrogaremos sobre el reconocimiento.
Orientados por esta fuerte asociación entre la conducta de compra y propiedades discursivas, podemos hacer producir un discurso a nuestros lectores y no lectores (en situaciones de entrevistas, por ejemplo). No hay nada de sorprendente, seguramente, en el hecho de que una preferencia por una estrategia enunciativa determinada en un sector de competencia dado de la prensa, se asocie con fuerza a otros invariables referenciables en el discurso de los sujetos que expresan una preferencia tal. Se trata de una situación comparable a aquella -banal- que se verifica en no importa qué sector del mercado de productos de gran consumo: selecciones diferentes que se conducen sobre las marcas existentes en un sector dado de productos, se asocian con mucha frecuencia a imaginarios muy contrastantes. Es así que el discurso de la publicidad administra las representaciones sociales y se articula a su evolución.
Claro está que los discursos que así se han recogido de entre los lectores, tienen un status completamente particular. A diferencia de los fenómenos de recuperación inter-discursiva, antes que nada, los discursos recogidos entre los lectores de la prensa no tienen conexión regulativa inmediata con los discursos cuyos “efectos” se trata de comprender. Los fenómenos de recuperación inter-discursiva, que nos permiten estudiar el reconocimiento dentro de una práctica discursiva dada (científica, literaria, política, etc.), son del orden de la regulación endógena de un sistema productivo. La “teoría del reconocimiento” que hemos visto accionar en el sistema productivo de la prensa (análisis e interpretación de los datos sobre los lectores, hechos por los productores) señalan una regulación exógena. Las palabras que recogemos de los lectores con fines “científicos” para estudiar los mecanismos del reconocimiento no forman parte de la regulación exógena, a menos que los productores de discursos no tengan en cuenta nuestros resultados en sus tomas de decisiones estratégicas.
Al buscar en el discurso de los lectores las invariables (que se trate de invariables enunciativas o de invariables de “contenido” –con más frecuencia las dos categorías son pertinentes) nuestro análisis destruye lo que ese discurso puede admitir de las relaciones “meta-lingüísticas” en los discursos de la prensa en cuestión; este carácter “meta-lingüístico” no es de modo alguno decisivo. A menudo, los elementos más interesantes para reconstituir ciertas reglas de “lectura” de los títulos cuyo reconocimiento estudiamos, se encuentran en las palabras que no conciernen para nada a los títulos en cuestión.
Lo que acabamos de decir se entiende fácilmente: los factores que pueden permitirnos explicar la preferencia por un título más que por un otro, señalan las representaciones sociales de los lectores que sobrepasan ampliamente las propiedades discursivas de estos títulos, tales como las podemos describir en producción, en ese sentido se trata de factores que serían imposibles prever (o deducir) de un análisis en producción.
Es aquí que reencontramos la autonomía entre un análisis en producción y un análisis en reconocimiento. Puesto que estas representaciones sociales de los lectores que “encuadran” la lectura derivan de ciertas características de estos últimos, como por ejemplo su capital cultural. Así, una estrategia enunciativa dada, (por ejemplo, la pedagogía distanciada vs. la complicidad identificatoria) no tendrá el mismo sentido para dos sujetos que posean un capital cultural diferente. Un otro elemento que juega un rol importante entre las condiciones del reconocimiento es la evaluación que el sujeto hace del género-P en cuestión, y de los títulos que lo representan. Mientras que la lectura de ciertos géneros-P (y de ciertos títulos) posee un valor-signo que vuelve a inscribir el acto de compra dentro de una estrategia más amplia de distinción social por parte del sujeto, otros títulos, por el contrario, están socialmente descalificados (incluso por lo que los leen): el fenómeno de la lectura “a escondidas”. Estos factores, como se ve, son totalmente externos a todo análisis en producción. Las reglas de una gramática de reconocimiento expresan entonces una suerte de reencuentro entre las propiedades discursivas que son las invariables que remiten a condiciones determinadas de producción, y una modalidad de lectura que remite a condiciones determinadas de reconocimiento. Solamente, si la circulación discursiva no es lineal es porque un discurso mediático dado, difundido en la sociedad en un momento dado, va a provocar una multiplicidad de estos “reencuentros”.
Dentro del cuadro sincrónico donde nos hemos situado, dado que el acto de lectura mismo es inasible, el estudio del reconocimiento es un estudio del lector más que de la lectura, fundado sobre el análisis del discurso del lector. A través de esto último, hemos llegado a reconstituir operaciones cognitivas y evaluativas que remiten a representaciones sociales cuyo sujeto es el “soporte”.
Es aquí, por supuesto, que una teoría del reconocimiento puede fácilmente articularse con una “sociología del gusto”, a la manera de Bourdieu. Las condiciones de reconocimiento conciernen entonces a las variables “objetivas” en las que podemos identificar las categorías de lectores. Pero una misma configuración de estas variables “objetivas” con mayor frecuencia se asocia a muchas gramáticas de reconocimiento. Todo enfoque determinista que postula una causalidad lineal nos es desgraciadamente prohibido. Un cierto “determinismo mecanicista” que se desprende de los análisis de Bourdieu -y que se le ha reprochado a veces- es resultado, en mi opinión, de la metodología sobre la cual se asienta lo esencial de su gestión: la encuesta sociológica. Esta última no es capaz de rodear las variaciones de sentido en recepción, cuando se trata de la circulación de los “objetos culturales”.
Se comprenderá porque yo privilegio en el plano de las técnicas de campo, aquellas que algunos denominan “semi-directivas” y “no directivas” y más generalmente, aquellas que se acercan a las técnicas del etnólogo, las únicas que nos permiten recoger la palabra social de los sujetos bajo una forma que admite la aplicación del análisis del discurso. No se trata, por supuesto, de pretender que tales técnicas son más “naturales” o que ellas inducen un discurso más “espontáneo”; toda técnica es una intervención artificial en el ambiente cotidiano de un actor social. Se trata simplemente de una cuestión de “tamaño” del objeto a analizar: para reconstituir las categorías cognitivas-evaluativas de los sujetos, tenemos necesidad de lo discursivo.
La cuestión de la eficacia de los dispositivos experimentales para el estudio de la recepción presenta problemas absolutamente diferentes. Yo me limitaría aquí a manifestar reservas con relación a este aspecto referido al estudio de los discursos sociales. Estas reservas derivan naturalmente de la constatación de la importancia decisiva de los fenómenos de sobredeterminación a los cuales ya me he referido. Por un lado, un género-L cualquiera, un fragmento de texto, aún un título, están sobredeterminados por el contexto discursivo: por otro lado, el efecto de sentido de un elemento discursivo cualquiera, como lo mencionara antes, depende de operaciones de encuadramiento de la lectura que surgen de representaciones-evaluaciones del sujeto con relación al título, del género-P, del tipo de discurso, del soporte mediático, donde aparece el elemento. Hay que interrogarse sobre las modalidades de recepción de estas configuraciones complejas. Me parece difícil poder tratarlas por medio de métodos experimentales.











